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Portada del El Observador. 4 de octubre de 2012.
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“Ex trabajadores de Pluna
volantean foto de tapa de El Observador”. “Ex trabajadores
de Pluna le tiraron la foto de El Observador a Lorenzo.” “En tanto, en la redes sociales la foto de El Observador se viraliza”. “Lorenzo repetía ‘fotos no, no no’”…
Tal vez a nadie sorprenda hoy que una fotografía pueda convertirse en
algo así como un ícono en cuestión de horas. El vertiginoso ritmo de la
comunicación, imposible de imaginar hace unos pocos años, ya resulta completamente
natural. Algo parecido a eso sucedió hace dos semanas con una foto de portada
del diario El Observador, mostrando
la reunión “secreta” entre el Ministro de Economía Fernando Lorenzo y el
empresario Juan Carlos López Mena.
Tal vez también haya dejado de llamar la atención el hecho de que el
objeto de las noticias de un medio de prensa sean, justamente, los efectos que
ese mismo medio de prensa está causando, en tiempo real, sobre la realidad de
la que supuestamente estaría dando cuenta. Como queda claro en las expresiones
de la versión digital del diario, citadas más arriba, las fronteras entre la
información, la opinión y la incidencia directa sobre “los hechos” está
desdibujada. Al otro día la tapa de la edición impresa del mismo diario nos
muestra la “foto de la foto”, es decir, nos muestra a los trabajadores de Pluna
protestando y sosteniendo en primer plano varias copias de la imagen de Lorenzo
y López Mena publicada el día anterior. Mientras tanto, en su versión digital,
se ofrece un “interactivo” del “Plunagate” (algo así como una presentación de
Power Point que combina imágenes, tuits y portadas de diario) en la cual la
estrella es, otra vez, la misma fotografía, ahora incluyendo un reencuadre que
nos ofrece un primerísimo primer plano de la cara de Lorenzo.
La difusión de una imagen que parecía no querer alcanzar su punto de
saturación plantea algunas preguntas acerca del régimen actual de producción de
fotografías. En primer lugar, ¿todavía puede hablarse de “fotos icónicas”? ¿Las
condiciones actuales de dicho régimen habilitan la existencia de esas fotos
diferentes que permanecen en el tiempo, que no se olvidan y que, llegado el
momento, pasan a simbolizar un acontecimiento?
Puede avanzarse una respuesta señalando que la revolución digital ha
alterado profundamente el uso de las fotografías. Si bien esto no significa que
las formas tradicionales de relacionarse con ellas dejen de practicarse, existe
una tendencia a un cambio acelerado, y esto significa que las fotografías
ocupan cada vez menos el lugar de la memoria y más el de la experiencia. En un
escenario en el cual nuestra mera existencia parece materializarse en las
imágenes que ponemos en nuestra biografía de Facebook, la expresión “fotografío para recordar”, con la que popularmente
podía fundamentarse el acto fotográfico, va camino de quedar obsoleta ante una especie
de “fotografío para vivir”. Por otra
parte la dificultad, también creciente, para organizar un relato histórico que
permita recortar y construir socialmente los acontecimientos relevantes en el
decurso de la mera vida, no tiene como correlato natural la ausencia de íconos
(que, se supone, deberían desvanecerse ante la desaparición de aquello que debería
ser iconizado), sino la paradoja de que el ícono, como sucede en este caso,
trata de existir antes que aquello que debería iconizar. En lugar de una imagen
que representa un acontecimiento tenemos una imagen que lo crea y recrea
permanentemente.
Es así que fotografías como la de la tapa de El Observador, fatalmente, parecen destinadas a consumirse tan
rápido como se encendieron. Lo cual no tiene que ver con la “calidad” de la imagen
en sí, con los virtudes o defectos del fotógrafo, sino con ese nuevo estatuto
de lo fotográfico, que ya vive entre
nosotros pese a que cierto reflejo condicionado del cuerpo que está muriendo no
nos deje percibirlo del todo.
¿Y cuáles es ese reflejo? En cierta forma, es ese propio esfuerzo por transformarla
en un ícono, por construirla en un caso de (foto)periodismo que, se pretende, estaría
destinado a altear el curso de los acontecimientos. Es interesante como, para
ello, se recuperan los mitos de Carl Bernstein y Bob Woodward, los periodistas
del caso Watergate (no en vano el diario insistió
tanto en el término Plunagate), o de Robert Capa y José Luis Cabezas,
símbolos de ese fotoperiodismo capaz, por razones diferentes, de dejar la vida
por una imagen. Pues el diario no se limita a publicar la foto y dejar que ella
siga su propio derrotero, dejando a la historia que cumpla su función de
jurado, sino que se extiende en narrar no sólo sus efectos (como vimos más
arriba) sino su propio proceso de producción. Así, una nota publicada en su
sitio web se titula “La historia de la foto de portada”, otra le da la palabra
al fotógrafo para que cuente hasta los mínimos detalles de cómo disparó y,
finalmente, un programa radial (Viva la tarde,
de Radio Sarandí) lo entrevista en vivo para que reconstruya otra vez lo que
sucedió detrás de cámaras, en un procedimiento de comunicación autorreferencial
que recuerda al de los programas satélite de Marcelo Tinelli. Así nos enteremos
que todo nace de un lector que llama al diario (¿Garganta Profunda?) y avisa
que en determinado restaurante están almorzando Fernando Lorenzo, Juan Carlos
López Mena y el representante de la empresa española Cosmo que el día anterior
había adquirido la flota de aviones de Pluna. Entonces allá va el fotógrafo. “¿Cómo te mandaste para adentro?”, le
preguntan al fotógrafo sus entrevistadores, como si en lugar de cumplir un
encargo normal de trabajo hubiera tenido que tomar la decisión de desembarcar
en Normandía bajo el bombardeo del ejército alemán. “¿Cómo te fuiste? ¿Tranquilo? ¿Raudamente?”, continúan, como si
temieran que a la salida lo esperaran los sicarios de Alfredo Yabrán. Irónicamente,
quien menos participa de este juego de disfraces es el propio fotógrafo, que se
limita a relatar sucintamente los pormenores de un día de trabajo más, pero
cuyas palabras, por más triviales que sean, no pueden dejar de sonar heroicas
en un contexto de tanta excitación.
Ahora, ¿cuál es el punto de esta fotografía? ¿Donde está aquello que
hiere nuestra retina y que la hace tan significativa? ¿Por qué el editor del
diario sabe que esa tiene que ser la
imagen de portada y por qué la recepción del público (por lo menos a juzgar por
los comentarios de las redes sociales) prueba que no se equivoca? Aquí lo
natural es pensar en el “secreto revelado”, en aquello que no se conocería si no
existiera la foto. En ese sentido se ha afirmado en varios medios que el
vínculo entre el gobierno y López Mena, en lo relativo a la subasta de los
aviones, salió a la luz obligado por el hecho incontrastable de que existía una
fotografía. Aunque esto pueda ser cierto, es evidente que ahí no radica lo
importante. Pues cualquier fotografía que diera cuenta de la reunión pero que
no mostrara un gesto “revelador” como el de Lorenzo no hubiera provocado el
mismo efecto. Es que la fuerza de esta foto radica mucho más en lo que sugiere
que en lo que muestra. Se apoya en esa guiñada que El Observador (y no el fotógrafo, que según sus palabras disparó
sin encuadrar y sin ser muy conciente de lo que estaba registrando) nos lanza
desde el otro lado de la imagen, como si nos hiciera cómplices de un secreto
que no puede decir en voz alta pero si sugerir través del procedimiento de
reproducir la foto incansablemente, de retitular constantemente los hechos en
tiempo real, a modo de Twitter, como si la foto estuviera causado una crisis
decisiva en el gobierno, y del intento de imponer términos con un fuerte peso
simbólico, como Plunagate. La conversación
del boliche, la cena de la familia, los cientos de comentarios de Facebook
terminan de concretar la otra mitad de la idea: la subasta de Pluna es una
farsa orquestada por un gobierno corrupto.
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| La misma portada, rápidamente reinterpretada en las redes sociales, verbalizando lo que en el diario solo era sugerido. |
Y esto nos hace volver al gesto “revelador” de Lorenzo. Pues bien,
¿qué es lo que sugiere ese rostro? O mejor, ¿por qué ese rostro, por qué esa
composición que incluye además la postura de los otros comensales, puede ser
interpretada tan fácilmente como una imagen de la corrupción incluso si no
hubiese titulares rimbombantes que sugirieran esa lectura? Sencillamente, porque
ya hemos visto esa imagen miles de veces. Cualquiera que tenga un televisor en
su casa, cualquiera que haya visto El
Padrino o una película de mafiosos de cuarta categoría, recordará a sujetos
inescrupulosos reunidos en hoteles, lujosas residencias o restaurantes caros,
negociando en secreto con políticos corruptos los permisos de construcción de
un complejo habitacional o los de vuelo de una aerolínea. Y en este caso,
incluso, hay una particularidad que hace la imagen aún más fascinante. Como
sucede en esas películas en las que vemos transformarse la cara del asesino al
darse cuenta de que un grabador oculto lo registró mientras alardeaba de su
crimen perfecto, aquí no sólo vemos al Rey desnudo sino que él, al mismo tiempo,
nos ve, escandalizado, mientras le quitamos la toalla. Sabe que estamos ahí, detrás
de la cámara, y que lo descubrimos. El fenómeno no es nuevo pero es cada vez
más fuerte: para que las cosas sean reales primero tienen que ser,
paradójicamente, forjadas como si fueran ficción. He ahí, en ese respaldo
semántico forjado por nuestra cultura visual, el peso de la imagen.
La fotografía que impacta, entonces, no es tanto aquella que revela
algo que no sabíamos, sino aquella que confirma lo que ya suponíamos, a saber y
para nuestra contemporaneidad: los políticos son todos chorros, o corruptos, o
vagos. En una época en que la política es sin dudas una de las actividades
menos prestigiosas, este tipo de imágenes tienden a provocar una lectura
automática en esa línea.
Tampoco se trata, evidentemente, de una conducta privativa de El Observador. Un procedimiento muy
similar puede observarse, por ejemplo, en la fotografía que La Diaria publicó en su portada del 23
de agosto de este año, que muestra a Luis Alberto Lacalle durmiendo en su banca
del Senado durante la interpelación que Jorge Larrañaga le realizara al
Ministro de Educación y Cultura. La imagen también se viralizó rápidamente y
provocó todo tipo de bromas, ironías e insultos dirigidos a Lacalle y la
oposición.
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| Portada de La Diaria. 23 de agosto de 2012. |
Alguien podría objetar que en ninguno de los dos casos la foto está “mintiendo”.
En efecto, Lorenzo si estaba reunido con López Mena en dudosas circunstancias y
Lacalle si estaba durmiendo durante una interpelación convocada por su propio
partido (aunque no por su propio sector, pero este ya es otro tema…). ¿Pero
esto alcanza para considerarlas imágenes removedoras, socialmente relevantes, políticamente
profundas? ¿La estrategia de desnudar al poder para desacralizarlo, esa a la
cuál apeló el humor político durante décadas, sigue siendo válida en un
contexto en el cual los propios políticos juegan a ser tipos cancheros, con
buena onda? ¿No estará ocurriendo justamente lo contrario a lo que muchos
proponen y fantasean haber alcanzado con estas estrategias? ¿No será que la
exposición sistemática e incansable de las cosas chanchas de la política (la
corrupción, las prebendas mutuamente acordadas, los vicios de la vida privada) termina
acortando el espacio de la reflexión acerca de las injusticias sociales
estructurales y normalizadas? No se trata aquí de pedir que los periodistas no
investiguen al poder, pero si de preguntarse si el exceso de visualidad no
termina opacando sus mecanismos cotidianos e invisibles. Y es que parecería que, en el imperio de las imágenes, cuestiones
como la lógica a partir de la cuál el gobierno de Mujica afronta las relaciones
entre el Estado, el capital y el trabajo, o el carácter subsidiario de determinados
propuestas educativas para con el sistema económico imperante, pierden radicalmente
lugar en el debate público al no poder ponerse en imágenes.
Sin dudas esto no puede achacarse a la responsabilidad de los fotoperiodistas.
Pero en un contexto en el cual, aunque sea tímidamente, la discusión acerca del
rol de los medios de comunicación parece ir asomando, tal vez el papel de la
fotografía y la edición gráfica debería ser puesto nuevamente en cuestión.




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